14 de mayo de 2015

TU MEDIA MIRADA

(Anónimo)


Trato de dormir y sueño contigo. Cierras tus ojos. Cada vez que te miro cierras esos bellos ojos. ¿Te parece justo eso? Privarme de la única sensación capaz de quitarme este dolor. ¿No te das cuenta que me quitas todo? Como si quitaras a las aves la libertad del cielo, y las condenaras para siempre a las entrañas de una jaula vieja y oxidada, así me tienes. 
Sin tus ojos siento yo que soy un pobre y desolado puerto viejo ya sin mar, o que estoy tan acabado como un perro hambriento en el desierto. Y te busco. Te busco como queriendo encontrar algo que perdí, y me siento tan vacío porque sé que no habrá nada, nada que me devuelva lo que algún día sentí. Termino siempre arrodillado en alguna pesadilla, invadido por el fuerte deseo de encontrarte, y ver en tu mirada un cielo rojo, orbitado por alegres lunas amarillas.

Me hablas como queriendo despertar al tonto enamorado que un día fui. Como queriendo devolverle la cordura a un loco desalmado. Y no me dejo, no, yo no me dejo. Pero creo que en el fondo, ya hace tiempo me dejé. Si, creo que fue la primera vez que escuché tu voz tranquila, inundando mi habitación harta de ecos irreales, y llenando mis oídos de cálculos y fórmulas ineficaces para contrarrestar los sentimientos.

Estoy vencido... Y creo que aunque junte a todas las fuerzas sacadas de todos los rincones de las almas de todos los poetas, no podría contra ti, porque ni siquiera puedo ver media mirada tuya y dejar de escribir. Y sé que si no paro ya, terminaré llenando todas las páginas, y acabaré con la memoria de este triste celular.

Mayo, 2015.

30 de octubre de 2014

CARTA AL INFINITO



por Juan Diego Mamanchura F.


Y es así como en este lento amanecer, empieza a florecer la rosa de los recuerdos, bajo ese suave roció de los sueños que dicen que te vuelvo a encontrar... Tu la princesa y yo el plebeyo, con mi simple rosa para poderte conquistar... pero uno tiene que despertar y es allí que el brillo del sol me cegara y vuelvo a comprender que tu ya no estas, partiste al infinito donde yo nunca podre llegar, a pesar de mi deseo eterno, se que no lo lograre por eso es que te escribo esta carta invocando al mas allá para que te la pueda entregar.

Octubre, 2014

REVISTA DE LITERATURA MOQUEGUANA II


Como ya saben la convocatoria ha terminado, y queremos agradecer a tod@s los que se enviaron sus aportes, sirva la presente para renovar la pagina que andaba olvidada. Mil disculpas, amigos.

Oportunamente haremos llegar el Indice de la Revista de Literatura Moqueguana II, para los interesados que deseen ir conociendo a los autores.

Nuevamente gracias por apoyarnos a difundir la literatura en el sur del Perú.

XD

30 de junio de 2014

EL PLATO DE CUMPLEAÑOS


por René J. Coayla


“Y es que son cosas de la vida, son cosas de tu historia.”
Porta


      Invita algo de comer pues, Java.
      En la cocina hay lomito del almuerzo, sírvete nomas.
      ¡Uy carajo, la olla está llena! ¿tienes un plato hondo?
      Busca pe’ huevón. Todo quieres también.

Y así fue como —al abrir la puertecilla de su fina estantería— di con aquel plato transparente. Lo quedé mirando pensativo, lo tomé, y al tenerlo en mis manos no pude creerlo. Era, en efecto, aquel plato de hace casi quince años. En un instante me perdí en el tiempo y de repente me encontraba en ese mismo lugar, pero en aquella tarde de agosto. Y era el cumpleaños de Javier.

Horas antes mi mamá me alisaba con gran esfuerzo el cabello ondeado. Tarea inútil: mi pelo era tan inquieto como yo mismo. Tenía puesto un jean nuevecito y un polo recién planchado. Yo me veía en el espejo al tiempo que observaba a mi madre mirando el reloj.

      Donde está tu padre que no trae el regalo. Si no llega en quince minutos nos vamos.
      Pero mamá, ¿y el regalo? No podré entrar a la fiesta sin regalo.
      No te preocupes hijo, no es necesario.
      Si lo es, mamá. Todos llevarán uno. Marlon dijo que le compró un auto de carreras a control remoto; Andy nos enseñó ayer un paquete de soldaditos y Gian Piero dijo que su papá traerá de Arequipa una pista de carreras de Hot Wells, ¡De Hot Weels, mamá!
      Hay hijo, tú no te preocupes. Ya veremos qué le regalamos.

El tiempo pasó, y papá —como siempre durante mi infancia— nunca llegó. Yo insistí hasta el final, pero ya eran casi las cinco y mamá hizo lo que nunca pude olvidar. Tomó un plato de Coca Cola que en casa nunca faltaban y me lo entregó.

      Para que me das un plato, mamá —le pregunté inocente.
      ¿Cómo que para qué? Para tu amigo pues, hijo.
      Mamá ¿Qué haces? ¿cómo voy a llevar un plato?
      No hay otra cosa, hijo. Además está nuevo, lo envolvemos en papel de regalo y ya.
      ¡Nooooo mamá! ¿Estás loca? ¡Todos se reirán de mí!
      Nadie se reirá de ti. Ni cuenta se van a dar.

Y así, entre peros y rascándome la cabeza llegué hasta la puerta de la casa inmensa de mi amigo. Él vivía en la urbanización más ficha de Moquegua, y aunque yo vivía en un aceptable cercado igual él tenía un enorme jardín en donde una parrilla calentaba y desprendía un aroma exquisito.
Estaba pensando esconder el plato, tirarlo entre los arbustos y no entregarle a mi amigo aquel extraño obsequio. Pero en ese preciso instante la puerta se abrió. Y para mi sorpresa todos mis amigos salieron a ver quién era, y qué traía.

      ¡Es René, mamá! —gritó Javier cuando me vio. Se escuchó un fuerte hazlo entrar y en ese momento Javier reparó en mis manos, que traían temblorosas esa extraña envoltura de papel brillante.
      ¿Es mi regalo? ¡Haber! —me dijo y me lo quitó de las manos. Sentí que ya se apresuraba a abrirlo. Pero no fue necesario, sólo con tocarlo me miró extrañado y me preguntó ¿qué es?
      Es un plato de Coca Cola —dije y al instante todos los demás me abuchearon con un fuerte buuuu, y se dieron vuelta de nuevo al interior de la casa. Yo miré a mi amigo e intenté sonreír. Pero de seguro el resultado fue una cara suplicante que Javier entendió bien. Porque sólo me dijo:
      Pasa, pasa…

Poco tiempo pasó para que yo olvide aquel detalle, pues al entrar a la sala de mi amigo un espectáculo de juegos se abría en medio del lugar. Había soldaditos por todas partes, mezclados con caramelos, pica pica y algunos globos que saltaron por todos lados cuando mis amigos volvieron a tirarse al suelo a seguir jugando. Al parecer en esos momentos estaba siendo armada la atracción general, la cual se erguía en medio de la sala devastando a los demás juguetes: una pista gigante de Hot Weels. Toda la fiesta giraba en ese momento en torno a la hermosa pista de color azul con carros originales y con todas sus señalizaciones en full color. Si alguno de los presentes no se encontraba luchando con los demás para poder colocar alguna pieza, formaba parte de los que se confomarban con alentar y supervisar la construcción, modificando a cada nada con críticas y jaloneos su buena arquitectura. Sólo Javier se quedó parado junto a mi, observando aquel desordenado show y sosteniendo aún mi insignificante obsequio. Sin dudar más comenzó a abrirlo y yo pensé que sería una total pérdida de tiempo. Pero para mi sorpresa él lo puso contra la luz y, usándolo para mirarme a través de el, exclamó ¡está paja!

      Es el peor regalo ―le aclaré― discúlpame Javicho. Mis viejos…
      Ya vamos a comer en un toque ―me interrumpió―, lo usaré para mi solito.

Luego de eso me lo aplastó contra el pecho y corrió al medio de la sala, y de un empujón arrimó a Marlon a un costado, cogió un autito, y lo puso con tal fuerza en la cima de la vuelta al mundo, que la pista de carros, armada de la mas extraña de las maneras, se tambaleó y en un instante, toda se vino abajo. Todos dijeron ¡uhhhh! Al tiempo que se llevaban las manos a la cabeza, lamentando la tragedia.

Me dirigí a la cocina con el plato en la mano y en ella su mamá ―a la que yo veía como toda una señora de sociedad, amable y bondadosa― lo colocó en una fina estantería, encima de otros muchos platos blancos de fina loza, y sin mas miramientos continuó batiendo lentamente una olla que olía a gelatina de fresa.

Regrese decaído a la sala. Todos habían emprendido una nueva construcción, esta vez más organizada, pues Andy iba dictando las instrucciones del manual. En un rincón temblaba una pirámide de envolturas de papel de regalo, en la cima de la cual yo coloqué la que Javier había tirado al suelo al abrir mi obsequio, tal vez el único de la fiesta con el que no se podía jugar.

Ese día, tal como dijo mamá, no interesó mi regalo. Casi nadie se percató del hecho, o al menos yo no lo volví a notar, pues los juegos y la felicidad de mis amigos me distrajeron la mayoría del tiempo, hasta poco después de la secundaria. Tampoco recuerdo muy bien lo que siguió. Pero es de hecho que se vino una atorada con anticuchos de corazón de pollo, carne y caparinas que el papá de Javier preparaba en todas sus fiestas, alardeando en todo momento de su habilidad con la parrilla, y de su deliciosa sazón arequipeña.

Guardaba esos recuerdos y ni me había dado cuenta. Todo salió a flote ahora que tengo nuevamente ése plato entre mis manos. Han pasado quince años y de seguro los carros, soldados y pistas de carrera se perdieron y no existen ya. Pero aquel plato, aquel mísero e improvisado obsequio transparente, evidencia de aquel extraño día de mi vida, estaba ahí. El peor de los regalos terminó durando para siempre, al final ni el tiempo había podido devastarlo.

Hoy pienso en mamá y le agradezco por aquella tarde. No solo me enseñó a no sentir vergüenza por ninguna cosa. Sino que ahora, después de tantos años, también me enseñaba el valor simbólico que tiene la amistad, más allá de los caros obsequios.


Junio 2014.

2 de marzo de 2014

LA CASA DE LA NOSTALGIA


por Darwin Bedoya



Giovanni Barletti (Moquegua, 1988), luego de obtener el Premio del Primer Concurso Latinoamericano de Narrativa de Género Aburrido 2013 (Organizado por la editorial independiente boliviana Género Aburrido), ha sacado a luz su cuentario La casa amarilla (Editorial Género aburrido, Colección sietemesinos, 72 pp. 2013), un libro cargado de memorias y autorretratos. Un libro construido con palabras sencillas pero muy seleccionadas, que invita al diálogo y engrandece el lenguaje de la familiaridad. La narrativa de Barletti –como él mismo–, se llena de memoria, sabiduría y compromiso con la vida y ese derrame absoluto de imaginación implicada con el lenguaje y las transgresiones de existencia necesarias para la creación de un mundo propio y emocionante. La casa amarilla –cuyo título remite, a modo de homenaje, a uno de los mejores libros de poesía escrito dentro de la vanguardia peruana por el joven Martín Adán y, de otro lado, también alude a la casa amarilla en la que viviera el retratista tocado por Dios, aquel divino loco amigo de Gauguin: Van Gogh–, es un libro fundamentalmente melancólico, no solo por ese lenguaje que colinda con la prosa poética, sino también por las fotografías escritas que hacen ver a una ciudad que es una y múltiple; real e imaginaria; de la memoria más que del presente; una ciudad, en fin, que es, o aspira ser, todas las ciudades; varios escenarios que en el fondo son uno mismo: Moquegua. En esta casa hay muchas formas en las que uno podría ordenar y presentar la vida, tal vez como alguna vez lo hubieran hecho un Woody Allen, un Quentin Tarantino, un Ingmar Bergman, un Orson Welles, un Emir Kusturica o un Martin Scorsese en alguna película. Y es que los cuentos de esta casa tienen bastante de ese aire descriptivo, tanto en los acontecimientos como en las vivencias de los protagonistas. Tanto en el muestrario de escenarios como en las escenas sutilmente elaboradas. Cada cuento tiene un toque discreto de melancolía, una historia que desborda a la razón e irrumpe en las palpitaciones. Entonces estamos frente a una casa como materia de creación literaria o cinematográfica que tiene todos los componentes para ser un material de primera calidad: es maleable, polisémico, interpretable, nostálgico, simbólico, etc. Las casas tienen una parte tangible, hecha de paredes, muros, columnas y objetos, y otra intangible, hecha de vivencias y sentimientos, es decir de huecos desde los cuales podemos explorar. Y lo más interesante es que si unimos la parte tangible con la intangible, los muros y los huecos, en cada una de nuestras casas, conseguiremos –más allá de una identificación personal o de pertenencia–, una definición de cada uno de nosotros mismos. En La casa amarilla encontramos una edificación verbal narrada con un lenguaje poseedor de los signos de la poesía. En esta morada viven personajes que empiezan a aparecer al más leve sonido de las palabras. Son personajes de carne y hueso que hacen viajes de los que muchas veces es poco posible retornar o que siempre se está retornando. Estos cuentos breves, escritos desde una mirada contemplativa, entre el amor, la nostalgia y la memoria, con un deliberado tono conversacional y autobiográfico, Barletti vendría a establecer que lo local, como afirmara Dewey, es «lo único universal». Escribir sobre lo que conocemos y que alguna vez fue muy nuestro. Escribir sobre el entorno y los lugares que nos han visto vivir y crecer. La casa amarilla no es un libro sobre espacios deshabitados. Tal vez sea todo lo contrario. Es una aproximación a un estado de cierta soledad compartida, donde la geografía, inmóvil y dinámica al mismo tiempo, activa la memoria hasta en los recovecos más impensados. A partir de estos diez cuentos, el autor reinterpreta su experiencia personal y los seres que han coexistido en ese trayecto. Personas reales o irreales, cuya sombra siempre vuelve. Si para Pessoa el ser humano era una confederación de almas, en la casa de Barletti se trata, más bien, de una coalición de lugares, de emplazamientos diversos que definen el carácter y las sensibilidades de quien se encuentra en ellos. La casa para muchos es, en definitiva, el lugar de la escritura cuando intenta ordenar aquellos espacios, ya ficticios o reales, por los que trascurre lentamente una vida en múltiples estados de ánimo que al final resultan ser la misma condición humana. La vida es una larga pregunta sin respuesta, nos dijo Paz, y La casa amarilla es la manifestación pulcra y la aceptación mesurada de que la condena de vivir es asumir la incertidumbre, saberse fragmentados desde el inicio. No busca Barletti su lugar en el mundo, sino el lugar que él quiso haber ocupado en el mundo del otro y que, al nombrarlo, alcanza esa única manifestación de su ser: ser oído en el fluir que lo contiene. Dos mundos se entrelazan: el del yo, íntimo y subjetivo, que se revela en cuentos como el que le da el título a la colección y los dos últimos: Recuerdos imperfectos y Tarde de poeta, pero, sobre todo en No había nadie en casa, son textos que se centran en el exterior, en la nostalgia y en la revisitación a los lugares de siempre, de la vida que, desde lo narrativo, hablan con cierta ironía de lo que más duele, aquello de lo que el ser humano no puede desligarse y sin embargo no puede abrazar en la eternidad. De otro lado, también está ese mundo al que no hemos podido acceder debido a que la única cartografía existente no está en nuestras manos. En La casa amarilla los relatos son polifónicos, son coros de voces antiguas, fotografías en sepia, retazos de un tiempo que transitó en su mejor momento, pero que no se ha podido olvidar y que ahora nos hablan, nos dicen que están aquí. Este es un texto vivo que se abre camino a través del desierto entre las generaciones. En La casa amarilla Barletti da de beber a las palabras, a los personajes, a las historias; las embebe, las empapa con la sangre de sus propias heridas, y es que en eso consiste escribir un cuento considerable, exactamente como los que hay en La casa amarilla.

Juliaca, febrero de 2014

ROBERT Y EL FACEBOOK

por Joel Benites D.


Chateamos ansiosos José, María, Ana Lucía y yo por un novedoso medio de comunicación: "El facebook".
Los muchachos quedan embobados al utilizar ese espacio creado por Mark Zuckerberg y fundado junto a Eduardo Saverin, Cris Hughes y Dustin Moskovitz. Primeramente era un sitio para estudiantes de la Universidad de Harvard, ahora se abre a cualquier persona con una cuenta de correo electrónico.
No es necesario enviar cartas o dirigirnos hacia algún lugar determinado para informarnos, tampoco nos esforzamos, perjudicando así nuestro coeficiente intelectual. Dejamos de lado los libros físicos, resolvemos problemas matemáticos apoyados de calculadoras y computadoras ahorrándonos esfuerzo en las tareas.
Rocío Gallegos sale rápido del salón. Yo, mientras como mi refrigerio me quedo observándola paciente, sigiloso, sin preguntarle el motivo de su ansiedad. Me dan miedo sus ojos marrones, incluso creo que está poseída. Nadie quiere juntarse con ella, ni siquiera Josefina Santillana (la alumna más sociable de la escuela) -¿Estará loca?- Repiten algunos.
Otros murmuran: -Necesita ayuda psicológica-.
Rocío ve fijamente las paredes pintadas de múltiples colores, intentando escribir algo en su cuaderno. Coge de su mochila un escrito de Nietzsche titulado: "Ecce Homo", pero pronto los deja por textos computarizados. La escuela donde ellos estudian denominada "José Ballesteros", una de las más caras del país ubicada en Miraflores tiene muchas ventajas tecnológicas. Sin embargo, cuando concursan contra estudiantes de otros centros educativos con menos recursos económicos obtienen las peores notas. No se presta la atención requerida durante la clase del día. El profesor de Lógica hace su mayor esfuerzo. El teacher es chato, de ojos gachos que no inspira ni una pisca de respeto. Por el contrario, lo tratan de peje. Ingresa a dar su cátedra y no pasa ni un minuto para que los chibolos hagan chongo.
Robert, no ocasiones desorden.- Le dice el viejo cojo con su palo en la mano.                                  –Así cualquiera se asusta- Afirma Robert.                                                                                          
No obstante, la voz autoritaria le dura poco. Los alumnos quieren botarlo, pero no pueden. El brigadier general; Lucio Bedregal, un joven responsable, puntual e íntegro amenaza con delatar a sus compañeros si vuelven a realizar las mismas fechorías.
Mierda, dejen de hacer chongo, sino les diré a sus papás que los castiguen.-
A los mocosos inmaduros les interesa un bledo sus palabras. Sólo les importa realizar fechorías; y vaya que lo consiguen. Sus cuadernos llenos de malcriadeces reemplazan a los tratados de literatura e historia.

El facebook; al principio fue creado para facilitar el trato entre las personas; agregar fotos, videos, mensajes privados y públicos, perdiendo su objetivo con el paso de los años.                                       -¿Cómo equilibrar el uso de este sitio web con los estudios?
Pregunta Rocío.   
-A mal palo te arrimas querida amiga. Yo soy tan degenerado que llevo el facebook hasta en los huesos.      
Responde Robert festejando lo dicho en vez de reflexionar.    
-¿Y no te has hecho tratar con un psicólogo o un psiquiatra para cambiar tu actitud?
Roció se muestra preocupada.    
-¡Para qué! Ellos están más locos que yo.- Dice con una sonrisa en el rostro.   
-¡Bueno amigo, que conste que te lo advertí he! Después no te quejes.- Rocío voltea la cabeza, puso un pie adelante y le quita el habla.    

Hace poco Robert tuvo una plática con Rocío muy interesante. Discutieron asuntos filosóficos, históricos y literarios. Los escritos de José Saramago lo cautivan: "Ensayo sobre la Lucidez" es su obra preferida. Desde niña le agradaron las novelas sociales: Mercedes Cabello de Carbonera, Mario Vargas Llosa y Ciro Alegría también acentúan su vocación literaria. Composiciones trascendentales como: "Blanca Sol"; "La Ciudad y los Perros" y El Mundo es Ancho y Ajeno" deberían ser obligatorias en los colegios. Le desagradan los finales felices. "Contrario sensu", Robert se inquieta por hallar un final abierto en cada cuento. No abandona la PC. Rocío lo llama a cada rato y él no contesta. De inmediato lo busca, toca el timbre más de tres veces. Parece que la casa se encuentra vacía, pero no es así. El facebook se apodera de él. La música suena a todo volumen.

Llamé a los médicos para que se lo lleven. Tocan la puerta y Robert guarda un mal presentimiento.
                      
                                                                                      18 DE FEBRERO DEL 2014




30 de octubre de 2013

EL PAIS DE LAS MARAVILLAS (PARTE I)

por Vicente ZC

El país hoy dejo de ser un mendigo sentado en un banco de oro. Exportamos minerales y productos del campo. Extraemos gas y petróleo. Machu Picchu es uno de los principales destinos turísticos. A nuestra gastronomía variada y exquisita se le brinda homenaje todos los días. La selección femenina de vóley después de muchos años volvió a alcanzar instancias finales en un torneo mundial. Las estadísticas nos dicen que somos el país más emprendedor del mundo y el líder en crecimiento de la región. Nuestros cantantes son reconocidos. Tenemos un premio nobel en literatura. Estuvimos en los ojos del mundo a través del Dakar, y lo volveremos a estar para los Juegos Panamericanos 2019. Nuestra Inka Cola tuvo que ser comprada porque no le pudieron competir.

Tenemos muchos motivos más para sentirnos orgullosos y celebrar, muchos viven esta fiesta, mientras otros tienen que salir a trabajar, porque saben que el pan de mañana será más difícil de comprar. El mundo vive en constante transformación, lo que nos hace buenos hoy, sino lo mantenemos y potenciamos, mañana ya no importara.

De nada sirve extraer gas, si con el no producimos energía. De nada sirve cosechar los campos, si somos incapaces de generar un valor agregado. De nada sirve exportar grandes cantidades de cobre barato, si importamos cables eléctricos y accesorios caros. De nada sirve el boom gastronómico, sino nos preocupamos por una alimentación sana. De nada sirve depredar nuestro mar y los bosques, haciendo ricos a unos pocos, si dentro de unos años importaremos mala madera y pescado congelado. Poco a poco parece ser que nos estamos sin el banco de oro, en el que habíamos estado sentados.

Tenemos los recursos, lo siguiente es la especialización e industrialización del país, de lo contrario habremos perdido una gran oportunidad como sucedió con el guano, el caucho y la pesca. El momento es ahora.

Octubre, 2013

EL ARBOL TORCIDO

por Vicente ZC


Luchito tenía 6 años, vivía con su papá y mamá, en una casa pequeña frente al parque.
Era costumbre que todos los fines de mes su papá llegara pasado de copas a casa, gritando y exigiendo su cena.
El pequeño cansado del maltrato hacia su madre, le pregunta a ella si creía que papá dejaría de tomar. Ella lo abraza y le responde:
Mi pequeño, “árbol que crece torcido, nunca endereza”, no cambiara.
Cerca de media noche mamá se despierta porque había sentido ruidos extraños fuera de casa. Sale hasta la puerta, y ve a Luchito en frente. El pequeño sucio con tierra, halaba de un árbol, tratando de enderezarlo.
Mamá le explica que como nadie se preocupó por el árbol este creció así, y aunque ella lo ayudara en ese momento no podrían enderezarlo. El niño entendió, y ambos fueron a dormir.
Pasaron unos años, Luchito con 14 años cumplidos, observa por su ventana el árbol que un día intento enderezar. Recuerda lo que aprendió en la escuela.
En los días siguientes, luego de suponer las causas, analiza el terreno y pregunta a los vecinos. Concluye que la construcción de la vereda afectaba las raíces, que había ramas muy crecidas, probablemente por la búsqueda de sol, y en alguna oportunidad fue una fuerte tormenta la que termino por inclinar aún más el árbol. Entonces elabora algunas medidas correctivas.
Espero el invierno, donde es la actividad de las plantas es menor. Consigue palas, cuerdas y algunos maderos. Y consiente que sería difícil hacer el trabajo solo, pide ayuda a sus amigos.
Juntos elaboran un plan, se organizan y comienzan su propósito. Proceden a cortar las ramas crecidas. Excavan, no sin antes asegurar con cuerdas el árbol para que no cayera. Una vez que aparecieron todas sus raíces, ayudándose de las cuerdas proceden a alejar el árbol medio metro más de la vereda, abonan la tierra  alrededor de las raíces, luego arrojan la tierra de vuelta al  hoyo, y la compactan. Con los maderos apuntalan el árbol para que éste se acostumbrara a su nueva ubicación.
Luchito sabía que no bastaba con ello, que debía constantemente cuidar del árbol. Asegurándose de regarlo con la frecuencia necesaria.
Al cabo de un buen tiempo, del árbol brotan hojas verdes y por fin se mantiene derecho por sí solo. Fue entonces cuando fue en busca de mamá y le dijo:
Hoy logre enderezar el árbol torcido, ahora ayudare a papá para que deje de beber.
La tarea fue difícil. El pequeño y mamá fueron persistentes en su misión y por el gran amor hacia papá, lograron que él dejara de beber.

La mayoría de los arboles torcidos no se pueden enderezar, pero así como ellos requieren de buenas raíces, nosotros debemos preocuparnos por formar niños en principios y valores, capaces de transformar su hogar, su escuela y su comunidad en un lugar mejor. No destruyamos sus sueños, su futuro. Tenemos muchas tareas pendientes. Empecemos dando el ejemplo, actuando no solo con la cabeza sino también con el corazón.

Octubre, 2013

29 de octubre de 2013

LOCA EXISTENCIA

por Orlando Mazeyra Guillén


 «Loca es mi vida», reflexioné al mirar, por la escueta ventana de la habitación, cómo los perros se apareaban entre ellos. Quiero decir, un macho montando a otro de su mismo género. Sin asco. Sin la menor reserva.
                A falta de hembras, algunos hombres —¿acaso dije hombres?— asumen ese pasivo papel ignorando que está lleno de múltiples sorpresas, apremios y sinsabores.
                La sórdida imagen de la cópula canina, de pronto se interpuso entre mí y la cruda cotidianidad, haciéndome evocar remotas instancias de mi vida pasada.
                Yo había estado en la cárcel durante casi una década y, no lo puedo negar, pues alguna vez creí sucumbir (o quizá otra vez estoy desvariando por culpa de las pastillas) ante esas tentaciones que genera la carencia absoluta de placer físico.
                Mi humanidad —asumo que, a pesar de lo que dice la siquiatría, medianamente sana— entiende que desde el día en que uno aprende a tocarse, la sequía sexual suele ser una mala compañera que solivianta sinsentidos atroces.
Ojo: aquello cuanto escribo, lo sé por cuenta propia. A mí nadie me tuvo que contar nada. No precisé leerlo o siquiera soñarlo. Sólo bastó meter de lleno las narices en la mierda.
                —Yo estoy limpiecito —me había anunciado el Bagre, un feísimo convicto algo amanerado y con cintura femenil—. Así que conmigo no te hagas problemas.
                —No le entiendo —alegué con cara de pocos amigos. En la cárcel abracé la costumbre de jamás tutear a aquellos que considero intelectualmente inferiores.
                —En tiempo de guerra —me dijo palmoteándose el trasero—, cualquier hueco es trinchera.
                —De acuerdo —le dije contrariado por aquella frase que yo ya había escuchado pero que, en boca del Bagre, se volvía sombría y repelente: «en tiempo de guerra cualquier hueco es trinchera», repetí para mis adentros y sentí la erección de mi verga.
                Un extraño rubor se hizo de mí cuando el Bagre descubrió que me había excitado sin razón aparente.
                —¿Te puedo ayudar con eso? —me dijo Maura. Una esbelta canelita de Imata que mi madre había contratado como empleada del hogar. Tenía apenas trece años, dos menos que yo, pero era muy ávida de todo la condenada.
                —¿Con qué cosa, Maura? —repuse invadido por un fuego inédito.
                —A eso, pues, joven Carlos —me dijo señalando mi bragueta—. Se nota que lo tiene usted bien paradito a su soldadito.
                —¿Soldadito? —le pregunté con un rapto de intriga.
                —Pajarito entonces.
                Me abrió la bragueta despacio, con una parsimonia que, por momentos, me ponía en vilo:
                —¿Quieres que juegue con él? —me preguntó el Bagre.
                —Haz lo que te dé la gana —le dije a Maura con toda intención.
                Cerré los ojos y sentí unas tibias manos masajeando mi falo, estirándolo, sopesando, alternativamente, cada testículo de mi escroto.
                —Chúpamela de una vez —rogué anhelante.
                —¿Cuántas hembritas te han hecho esto? —me preguntó el Bagre con una mirada insidiosa.
                —Ninguna —le confesé a Maura.
                —No le creo, joven, me va a decir que nunca ha tenido chicas. Más mentiroso es.
                —¿Tú con cuántos has estado, pues?
                —Con todos, zamarro —alegó él—. Desde mi viejo hasta el alcaide. Mi papá me violó de chibolo y con el alcaide me encamo de vez en cuando para que me regale cigarrillos, marihuana y pastillas para la ansiedad… Pero tú me das miedo, eres distinto.
                —¿Por qué distinto?
                —Distinto, pues, joven —hablaba hasta por la orejas Maura—. De otra clase. En mi pueblo, en cambio, todos somos iguales. Ahí conocí varios chicos: al Marcos, al Aldito, al Pepe Lucho. Varios que me tomaron en los cerros y hasta me hicieron abortar. Pero usted es distinto: es mi patrón.
                —El patrón es mi papá.
                —¿Tu papá? —preguntó intrigado el Bagre.
                —Sí —lo admití—. La primera vez que se me paró fue cuando vi cómo mi viejo se levantaba a la empleada. Ella se llamaba Maura y era bien sabida. Me la corrí espiándolos a escondidas. Lo que más me calentaba eran los jadeos de la mocosa.
                —¿Qué es «jadeos»? —preguntó la chola.
                —No te hagas —la amonesté—. Esos ruiditos que hiciste cuando mi papá te la metía.
                —Te gusta ver lo que hacen los otros, ¿no? —me escrudiñaba el Bagre.
                —Sí, es lo que más me gusta. Mirar  a los otros y tocarme. Nadie me toca como yo solito he aprendido a hacerlo.
                Y, ahora, mientras esos dos perros callejeros se ayuntan con desfachatez me acuerdo del Bagre y de Maurita. Les otorgo roles en esta inesperada puesta en escena. Pero, por su propio temperamento sexual, no encajan.
                «Loca es mi vida», me repito y no comprendo cómo he podido llegar a frisar los cuarenta sin haber consumado cópula alguna (me refiero a una cópula de verdad, con amor y todas sus variantes). Sólo he aprendido a mirar. Los demás que ejecuten. Yo sólo me entiendo.
                Los perros siguen en lo suyo y yo en lo mío. Me toco.
                Pero también… anoto.

Octubre, 2013.

20 de octubre de 2013

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "MI FAMILIA Y OTRA MISERIAS" DE ORLANDO MAZEYRA GUILLEN

Hay escritores y escritores. 


Si imaginamos la literatura como un mar inmenso donde los autores fluyeran como peces y los encontráramos en cardúmenes de estilos, temas, y variedades, Orlando Mazeyra Guillén sería un pez exótico, un extraño e impresionante especímen, una ballena blanca de ésas de novela.

Muchos amigos me piden que les diga qué leer (¡como si yo fuera qué!), pero si alguien me preguntara ahora sobre algo bueno, les diría sin duda que busquen cuentos de Orlando Mazeira, cualquiera de sus tres libros son un viaje a una extraña diversión, superada por sus personajes dramáticos y las historias tan interesantes que imagina, -¿o vive?- este enigmático autor.
Cuando uno lo lee por primera vez se queda prendado, admirado y lleno de emoción por seguir leyéndolo. La exquisitez de su obra domina el mundo actual con cadenas de sorprendente injusticia, tristeza, y amor, sobre todo eso, el más extraño, inefable y al fin y al cabo, entendible amor.

Estuvo en Moquegua, el reciente sábado 19 de Octubre, y Los Malos Muchachos tuvimos el honor de presentar su tercer libro , aquí un resúmen de lo que se vivió:

LLEGADA

Mazeyra pisó tierras moqueguanas al promediar las 10:30 pm del viernes 18 de Octubre del 2013, ni bien llega a la ciudad se hospeda en el hotel designado por la asociación. Y luego ingresa al Bandido Pisco Bar donde cena una rica pizza y comparte opiniones con Andy Badoino, nuestro mal muchacho propietario del lugar.

Al día siguiente, muy temprano, es entrevistado en el programa de las 8am en radio Studio 97, por el periodista/amigo/asesor/director del INC/locutor Omar Benites, quien le da la binvenida a la ciudad y conversa amenamente con Mazeyra sobre su vida y su obra.

Orlando siendo entrevistado por Omar Benites, en radio Studio 97.

"Mi familia y otras miserias"

Junto a él, yo, recién levantado. Se nota ¿no? :)
Firmando el pirmer libro vendido del día: el de Omar Benites.

La elocuencia y tenacidad del autor es resaltante durante la entrevista. Pero su sinceridad es triste, emotiva, amarga.


Durante la tarde, antes de almorzar, fuimos a dar un breve paseo por la "paisajista", la misma que durante las noches de fin de semana acoge a los borrachos y parejas en affaire.
Pensando en "La poderosa", del Ché.


LA PRESENTACION DE “MI FAMILIA Y OTRAS MISERIAS”


Giovanni Barletti, escritor moqueguano autor de “El que no corre vuela”, “Dabai Chelo, dabai”, y “La casa amarilla”, realiza la presentación del libro de Mazeyra. Donde realiza comentarios entrelazados que acrecentan en el público presente la curiosidad por el extraño autor. Barletti realiza una descripción fugaz de algunos cuentos importantes en el libro. Y menciona pasajes y anécdotas que vivió con el autor durante tiempos de alcohol, libros y más alcohol.
Algunos invitados: (de izq. a der.)

Vittorio Badoino, Jhener Pomacosi, Mary Causillas, César Caro.
El previo electrónico lo puso Andy Badoino.
Giovanni, aprovechando la comida y bebidas gratis. : )
Docentes de comunicación que se apuntaron felices al evento. ¡Un abrazo a las tres!

Giovanni Barletti y Ariana Fonttis, en momentos de alegría.
Barletti presentando el libro "Mi Familia y otras miserias". Junto a él, el autor, Orlando Mazeyra Guillén.
Una parte importante de la cita: Los infaltables bocaditos y su correspondiente gaseosita. Las gracias a la familia Coca-Cola y su distribuidora en Moquegua.
El poeta Jhener Pomacosi y José Luis Ormeño Sosa, conocido muchacho malo.

"La Prosperidad Reclusa", "Mi Familia y otras miserias", y su autor.

La Banda a dúo "IRIE", alegró el after con la mejor música reggae.

Banda IRIE: Bruno Hurtado y Andy Montenegro, ambos moqueguanos.

Mi progenitora y yo, rodeando a Orlando en un abrazo duradero.

En el terminal. Mazeyra: contento. Yo: feliz. Ambos: despidiéndonos.
¡Vuelve pronto! Moquegua es tu casa.

14 de octubre de 2013

RECUERDOS DE MI ABUELO

por René J. Coayla


Mi abuelo fue un poeta? No
Mi abuelo fue escritor? Tampoco
Fue mediocre? Menos
Fue ladrón? Jamás!

Mi abuelo fue pintor? No sé...
Mi abuelo fue cantante? Tal vez
Fue acaso un ambulante? No creo
Entonces fue doctor? No lo fue.

Mi abuelo fue ingeniero? No
Esa carrera no existía en el campo
Mi abuelo fue entonces albañil? Tal vez,
quien construye su casa con sus manos debe serlo alguna vez.

Mi abuelo fue carpintero? Cerrajero? O soldador?
No, pero sospecho levemente que fue maestro celador.

Yo heredé sus piernas, y el dolor
De tener que vérmelas con ellas
Yo herede sus fauces
Plenas, como cartas de ases.

Caminamos juntos muchas veces
Entre calle firmes y cipreses
Trabajamos juntos y lloré
Cuando al fin mi abuelo se fué.

Aún recuerdo el día que el diablo
De la flojera me hiciera no ir a verlo
Recuerdo su rostro, resurcado,
Diciéndome "hijo, tu no dejas rastro".

-Vendré el domingo, le decía,
Mientras tomaba sus cálidas manos frías.
Le besaba el rostro que aún recuerdo
Como sólo pudo ser el de mi abuelo.

Ahora lloro como un tonto, lloro
Pues su recuerdo vive en mi, vive en mi mente
Y no hay momento que no sepa andar ausente
Cuando en la calle algún recuerdo trae su añoro.

El me decía "hijo, ven a casa"
Mientras yo le daba vueltas a mi taza
Y en sus fuertes y delicadas palabras
Yo escuchaba sólo el sonido de la mesa.

-Quien hay en el mundo que no reza
Cuando ve que algún amor se fue pal cielo
Si no le reza a Dios pues por lo menos
Le reza al alma pura de su abuelo.

El talego que una vez cargamos
La fuerte hacha, el poderoso árbol,
El camino para el aburrido dar al perro
Me recuerdan pasos firmes de mi abuelo.

Él también amó
No fué como yo
O tal vez si
No lo se! No siempre estuve ahí!

Como no poder retroceder
El tiempo y darte vuelta, vida
Hay entre tus manos un te quiero
Que diría, a mi abuelo, si lo viera.

Y sé que tu también, también quisieras
Verlo nuevamente hechar el agua
Verlo trabajar, crecer tus tierras
Y emanar del aire, el sol en tus entrañas.

Hay vida, si algún día, se pudiera
Dar la mía, y traer la vida de mi abuelo,
Tenme listo, yo seré el primero en lista
De espera, para tan grande milagrera.

Hubo en tiempos que aún recuerdo
Una ocasión en que ambos hicimos
Una cesta, una jaula de aves...

Yo me fui...

Y nunca más la terminamos...

Hoy me siento, hay... Mejor no decir como me siento...

Abuelo, sólo tu sabes mejor que nadie...

Septiembre, 2013